Honestidad y credibilidad para ganar seguidores

La fábrica viral de seguidores en Linkedin

Hubo un tiempo en que compartir conocimiento en internet tenía algo de vocación pedagógica. Hoy, en ciertos rincones de LinkedIn, esa vocación compite con otra más prosaica: la de fabricar seguidores a golpe de “articulito” estratégico.

La escena es conocida. Alguien publica un post prometiendo un recurso imprescindible: el CSV definitivo con los datos que “de verdad importan” a los SEO, la plantilla de Looker que cambiará tu manera de reportar o el script de Python que optimizará tu vida profesional hasta límites insospechados. Pero hay una condición: para acceder al material debes seguir al autor y dejar un comentario ritual (“lo quiero”, “dámelo”) o cualquier fórmula participativa que empuje el algoritmo. Una versión profesionalizada del “Hola, corazones” que popularizó María Teresa Campos, pero trasladada al terreno del engagement.

No voy a fingir superioridad moral (bastante basura similar he creado en mi vida y la que me falta por crear): la técnica funciona. Creas contenido, escribes el post, fuerzas la interacción y el número de seguidores aumenta. Es una fórmula limpia, eficaz y medible. En un entorno donde la visibilidad es moneda de cambio, resulta casi ingenuo no utilizarla.

El problema no es la estrategia. El problema es el contenido.

En demasiadas ocasiones, tras el comentario entusiasta y el nuevo seguimiento, el usuario recibe un material que no cambia nada. Ni el “súper CSV” aporta insights inéditos, ni el script es tan revolucionario, ni la plantilla tiene algo que no pudiera encontrarse con una búsqueda mínima. Son recursos pensados más para sostener la narrativa del post que para aportar valor real. Piezas diseñadas para el titular, no para la práctica.

¿Hay excepciones? Por supuesto. Siempre hay algo salvable entre la quema (como lo fue en su día Tirant lo Blanc dentro de su contexto literario), pero la sensación general es que el continente pesa más que el contenido. Mucho envoltorio, poca sustancia.

Lo que termina desgastando no es la táctica, sino la repetición vacía. El usuario medio puede entusiasmarse las primeras veces. Puede incluso disfrutar del juego. Pero llega un punto en que se quema. Y quemarse, en este contexto, significa algo muy simple: perder la ilusión y empezar a mirar cada promesa con escepticismo automático.

A mí, personalmente, me produce rechazo ver cómo se normaliza esta dinámica. No porque esté en contra de crecer en audiencia (todos jugamos el mismo juego), sino porque me inquieta que confundamos interacción con influencia y comentarios con impacto.

El remate suele ser casi caricaturesco. Si por San Valentín pides un 💙, quizá en otras fechas alguien sugiera emojis más “creativos” para provocar reacción. Y así seguimos, empujando el límite de lo llamativo, lo ambiguo o lo provocador, en una carrera constante por captar atención.

Tal vez la pregunta no sea cuánto tarda el usuario en quemarse, sino cuánto tarda el creador en vaciar de sentido su propio discurso. Porque los seguidores pueden crecer, sí. Pero la credibilidad, una vez erosionada, no se recupera con un simple “lo quiero” en comentarios.

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